jueves, 9 de julio de 2009

Lolita


Vladimir Nabokov

Lolita me contó cómo la habían pervertido. Mientras comíamos desabridas bananas harinosas, duraznos magullados y apetitosas patatas fritas, die Kleine me lo dijo todo. Su relato voluble e inconexo fue comentado por más de una moue cómica. Como creo que ya he observado, recuerdo especialmente una mueca torcida sobre la base de un «¡Uf!»: la boca estirada como caramelo chirle, los ojos blancos, en una consabida mezcla de jocosa repulsión, resignación, y tolerancia ante la flaqueza infantil.

Su asombroso relato empezó con una mención inicial de su compañera de tienda, en el verano anterior, en otro campamento, un lugar «muy selecto», como observó. Esa camarada («una verdadera holgazana», «medio loca», pero «una chica muy bien») la adiestró en diversas manipulaciones. Al principio, la leal Lolita se negó a decirme su nombre.

—¿Fue Grace Angel? –pregunté.

Sacudió la cabeza. No, no era ella, era la hija de un gran borracho. El pa...

—¿Fue acaso Rose Carmine?

—¡No, claro que no! Su padre...

—¿Fue Agnes Sheridan, entonces?...

Lolita tragó y sacudió la cabeza. Después tomó la ofensiva:

—Oye, ¿cómo conoces a todas esas chicas?

Se lo expliqué.

—Bueno, algunas eran bastante malas en el colegio, pero eso no... Si quieres saberlo, se llamaba Elizabeth Talbot. Ahora va a una escuela privada, la muy presuntuosa... Su padre es empresario.

Con una curiosa punzada recordé la frecuencia con que la pobre Charlotte solía deslizar en su conversación pormenores tan elegantes como: «El año pasado, cuando mi hija partió en excursión con la hija de los Talbot...»

Quise saber si su madre conocía esas diversiones sáficas.

—¡Dios, no! –exclamó Lo, imitando temor y alivio y llevándose al pecho una mano agitada por un temblor falso.

Pero yo estaba más interesado en sus experiencias heterosexuales. Lolita había ingresado en el sexto grado a los once años, poco después de trasladarse a Ramsdale desde el oeste. ¿Qué significaba eso de «bastante malas»? Bueno, las hermanas Miranda habían dormido en la misma cama durante años, y Donald Scott, el muchacho más bruto de la escuela, había hecho cosas con Hazel Smith, en el garaje de su tío y Kenneth Knight –el más inteligente– solía exhibirse cada vez que se le presentaba la ocasión, y...

—Volvamos al campamento –dije.

Y al fin escuché toda la historia.

Bárbara Burke, una rubia fornida dos años mayor que Lo y la mejor nadadora del campamento, tenía una canoa muy especial que compartía con Lo «porque además de ella yo era la única que podía llegar a la Isla del Sauce» (alguna prueba de natación). Durante el mes de julio, todas las mañanas –repara bien en ello, lector: cada dichosa mañana...– Charlie Holmes ayudaba a Bárbara y Lo a llevar el bote a Onyx o Eryx (dos lagos pequeños, entre los bosques). Charlie era el hijo de la directora del campamento, tenía trece años y era el único varón humano en un par de millas a la redonda (salvo un viejo operario cansino y sordo como una tapia y un granjero que aparecía a veces en un Ford destartalado para vender huevos en el campamento, como todos los granjeros). Todas las mañanas, pues, oh lector mío, los tres niños tomaban un atajo a través del inocente y hermoso bosquecito, vibrante de todos los emblemas de la juventud, rocío, cantos de pájaros, y en un lugar determinado, entre el profuso sotobosque, Lo oficiaba de centinela mientras Bárbara y el muchachito se abrazaban tras un matorral.

Al principio, Lo se negó a «probar cómo era la cosa», pero la curiosidad y la camaradería prevalecieron, y muy pronto ella y Bárbara lo hicieron sucesivamente con el silencioso, rudo y tosco aunque infatigable Charlie, que tenía tanto atractivo como una zanahoria cruda. Si bien admitía que era «bastante divertido» y «bueno para la piel», me alegra decir que Lolita tenía el mayor desdén por las maneras y la mentalidad de Charlie. Por lo demás, su temperamento no había sido excitado por ese asqueroso demonio. Al contrario, creo que lo había embotado, a pesar de lo «divertido» de la cosa.

Ya estaban a punto de dar las diez. Al mermar mi deseo, una pálida sensación de horror suscitada por la opacidad real de un gris día neurálgico se apoderó de mí y zumbó en mis sienes. Tostada, desnuda, frágil, Lo, volviendo hacia el espejo su cara demacrada, se irguió con los brazos en jarra, los pies (calzados en zapatillas nuevas con ribete de marabú) apartados, y a través de la cortina de su pelo se dirigió a sí misma una mueca vulgar. Del corredor llegaron las voces arrulladoras de las criadas de color, y al fin hubo un débil intento de abrir nuestra puerta. Indiqué a Lo que entrara en el cuarto de baño y se diera el baño que necesitaba tanto. La cara era una mezcolanza espantosa, con detalles de patatas fritas. Lo se probó un deux-pièces marinero de lana, después una blusa sin mangas con una falda de mucho vuelo, a cuadros; pero el primer conjunto le iba demasiado apretado y el segundo demasiado amplio, y cuando le supliqué que se diera prisa (la situación empezaba a asustarme), Lo arrojó perversamente a un rincón hermosos regalos míos, y se puso el vestido del día anterior. Cuando al fin estuvo lista, le di un bolso nuevo de imitación becerro (en el cual había deslizado unas monedas) y le dije que se comprara una revista en el vestíbulo.

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